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Los setenta: entre el desaliento y la transición

Carlos Sangiovanni (Santiago de los Caballeros, 1948). Negra realidad entre dos sillas naranjas, 1977.

La década que comprende 1970-1980 podría ser considerada como una de las más sombrías de la historia dominicana. Como resaca de la lucha patriótica contra la invasión estadounidense, bandas paramilitares desarrollaron una campaña de asesinatos selectivos que aterrorizaron a la ciudadanía. Mientras Joaquín Balaguer se reelegía sin oposición aparente en 1970 y 1974, una repatriación armada encabezada por el constitucionalista y ex presidente Francisco Caamaño en 1973 fue aniquilada y su líder asesinado. 

Los excesos sangrientos y los fraudes electorales fueron colmando la copa de la paciencia ciudadana. Al tiempo que esto sucedía, otros elementos se sumarían a ese estado de cosas. Un creciente bombardeo de información, imágenes y patrones culturales de Norteamérica va ir también moldeando la producción cultural. Al mismo tiempo, cierta abulia generalizada –por el obvio sentido de desesperanza que invade a la ciudadanía– impregna el mundo del arte, de la mano de la creciente mercantilización y acomodamiento de sus gestores, que provoca lenguajes facilistas y fácilmente vendibles. Pero como ya se ha puesto en duda la universalidad de los estilos y de los grandes relatos por parte de una importante generación de artistas, se produce igualmente una vertiente de ruptura, de rebeldía y contraposición a esas modalidades de ejecución artística.

Durante esa década se produce un importante proceso migratorio hacia Norteamérica y Europa. Dentro de este grupo humano, se encontrarán varios artistas que emigran fundamentalmente a París, Madrid y New York. Esos centros culturales ofrecerán a su producción artística marcos formativos y de difusión que en ese momento no encontraban en nuestro país. Igualmente, estos artistas se verán inmersos en otro tipo de dinámica social que les permitirá un acercamiento diferenciado a su producción artística. Jorge Duany, catedrático de Antropología de la Universidad de Puerto Rico, Recinto Río Piedras, plantea que “a la luz de las tendencias actuales, muchos de estos emigrantes se involucran activamente en la reformulación de categorías de análisis social tradicionales –como nación, Estado, ciudadanía, raza, etnicidad, clase, género e identidad”.

La gráfica toma auge y adquiere reconocimiento. Si estuvo vinculada por su fácil reproducibilidad y fuerza formal a los movimientos sociales nacionales de la década de los sesenta, adquiere en manos de artistas como Frank Almánzar, Silvano Lora, Ramón Oviedo, Rosa Tavárez, Asdrúbal Domínguez y Carlos Sangiovanni una nueva presencia en el campo de las artes nacionales. Es aquí que mucha de la producción cultural se verá vinculada a temarios sociales e identitarios y ese esfuerzo por contar con medios alternos y discursos más pertinentes va también moldeando un imaginario de nación diferente al visto en producciones artísticas de la primera mitad de siglo xx. Como si el arte fuera paulatinamente dándole un vuelco a la imagen que teníamos de la nación, en palabras de Gombrich, “viene a ser la expresión más completa y la más fiable del espíritu nacional en cuestión algo parecido a un jeroglífico […] en el que la esencia secreta de la nación se declara por su cuenta, condensada”.

Por su parte, y como arquetipo de este tipo de artista activista, Asdrúbal Domínguez condujo su labor artística paralela a la de militante izquierdista y participante activo de las luchas sociales del país, reprodujo en sus grabados de la fecha imágenes perturbadoras provenientes de la realidad social de la República Dominicana. Asdrúbal fue un revolucionario, no solo por el mensaje intencionado de su arte, sino porque también procuró transmitir sus ideas relativas a los males y las injusticias del momento que le tocó vivir. Madre dolorosa ofrece la imagen de una madre angustiada protegiendo con los brazos a su hijo. Ante tan atormentada imagen provocada por quién sabe qué maldad –la guerra, el hambre o la pobreza–, como espectadores nos enfrentamos a una inhumanidad sin redención alguna.

Otro artista de la gráfica, Carlos Sangiovanni, desde una perspectiva formalista y técnicamente impecable, plasma en una serigrafía la compleja realidad de una mujer común dominicana. Negra realidad entre dos sillas naranjas presenta a una mujer inclinada ante un anafe flanqueado por cacerolas y trastes de cocina. Esta mujer en actitud y posición de trabajo se presenta en alto contraste, como reafirmando la disparidad que existe en la sociedad dominicana. Frente a ella, una silla naranja que establece un balance composicional y al fondo una pared con graffiti político. Estos elementos adicionales confirman esa diferenciación entre el pueblo trabajador y la sempiterna arenga política. A la par de este arte declarante y manifiesto, se produce el vuelco de algunos artistas hacia sí mismos, por lo que cuestiones de orden personal, autobiográfico e intimista comienzan a prevalecer en la producción artística. Esto podría entenderse como estrategia ante un contexto adverso, donde se establece una fusión de horizontes entre lo personal y lo público. Uno de los casos más contundentes de esta vertiente es el artista Daniel Henríquez, quien desarrolló una obra pictórica que se debatió entre la abstracción y la figuración palmaria. La obra Yo de frente, de 1971, muestra un autorretrato del artista en gran formato, ejecutado sobre una densa materia ocre y con trazos que siluetean la figura vigorosamente y resaltan el rostro con un trazado fuerte y nervioso. Esta es una obra de grandes dimensiones, cuyos trazos cortos marcados y monocromía crean un sentido de emoción contenida. En esta obra el autor se mostró como personaje imbuido introspectivamente en sí mismo. Sin embargo, su exploración de la vida interior, la búsqueda de la emoción y su estética distorsionada se integran perfectamente a las vías que transitaba el arte dominicano de ese momento.

Por otra parte, algunos artistas buscaban esa construcción de un elemento arquetípico del ser humano que eran ellos y su colectivo. Jorge Severino en la obra Afiche para un boxeador retirado presenta a un hombre negro sobre un cajón reproduciendo el gesto del puñetazo de un boxeador. Severino es uno de los artistas dominicanos que más ha atendido la cuestión étnica desde su obra. Su aproximación a la negritud se establece como elemento distintivo de raza, pero también como metáfora de circunstancias sociales y perceptivas que condicionan las consideraciones raciales de los dominicanos. Muchas de sus obras contienen una narrativa de carácter casi literario. Ante las posiciones sobre la problemática sociocultural en el sentido de la denominación y representación del negro en la sociedad dominicana y más particularmente en el arte, Severino ofrece imágenes con contenidos épicos y metafóricos. La derrota, el olvido y el desarraigo son así evaluadas desde la simplicidad del primer plano del luchador.

Tomado del Libro Trenzando una Historia en Curso, Arte dominicano contemporáneo en el contexto del Caribe

Sara Hermann, Historiadora e Investigadora de Arte
Asesora del Centro León

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