El descubrimiento de un maestro

Centro León de Santiago, en República Dominicana, el nombre de Wifredo García me era totalmente desconocido, como lo es para la mayoría de los habitantes de tierras de habla catalana. 

A partir de ahora, en cambio, con la exposición Wifredo García: Peculiares obsesiones, primero en la República Dominicana y posteriormente en Barcelona, el nombre de este gran fotógrafo seguro que formará parte de aquel imaginario colectivo que pone de manifiesto la histórica relación entre catalanes y caribeños.

Es bien sabido que las olas migratorias forman parte de nuestra historia. En algunas ocasiones, por necesidades económicas, como durante el siglo XIX; en otras, por motivos de persecución política, como en el siglo XX por el desmoronamiento que supuso la Guerra Civil Española, sobre todo durante los años duros de la posguerra y el franquismo. Tanto el Caribe como América Latina han demostrado su generosidad al acogernos cuando nuestro entorno nos era adverso.

De todos modos, algunas veces, más allá de los tópicos, que podríamos sintetizar con la figura del
“indiano”, esta huella catalana es desconocida, ya sea porque la memoria popular caribeña ha olvidado sus orígenes o porque las últimas generaciones de la nuestra la desconocen.

Wifredo García es uno de los olvidados. Ha sido un placer descubrir este gran maestro de la fotografía.
Imágenes que, como europeo, entronco directamente con la tradición del realismo objetivo, pero que al mismo tiempo me descubren una mirada impulsiva, una forma de hacer que es, en palabras de su autor, “simplemente dominicana”. Naturaleza en estado puro, paisaje humano desde el detalle, con una técnica excepcional y un dominio del medio, tanto en blanco y negro como en color. Pero no solo maestro en su arte, sino también persona de vocación didáctica, que enseñó y transmitió a las jóvenes generaciones su visión y la de otros maestros anteriores de la fotografía dominicana. Tejió de este modo un imaginario colectivo y pasó a formar parte de la identidad y la historia del país donde llegó cuando tenía once años. Desde la agitación del asociacionismo fotográfico, compartida con otros fotógrafos y con todos aquellos que quisieron implicarse, se comprometió día a día para construir, dignificar y transformar este arte.

Y lo más curioso. Él no quería ser fotógrafo, sino escritor. Llegó a la imagen con toda su pasión literaria, con la intención de construir una sintaxis de la fotografía porque creía que “el contenido es la forma”. Superaba, por lo tanto, al simple profesional para ser aquello que él quería que fuera un fotógrafo: “poeta de la imagen”. Su obra muestra con creces que lo consiguió.

Tomado del libro Wifredo García Peculiares Obsesiones.

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