Fundación de una imagen: la dominicanidad visual

Bajo el signo de las autodefiniciones, en una evidente voluntad de asumir el sentido de lo propio en su condición de lo diferente, y avanzar hacia el reencuentro con la personalidad cultural dominicana, se orientó el proceso artístico inaugural en la plástica durante finales del siglo xix y las primeras décadas del siglo pasado, bajo el signo de una continuidad sin abruptas rupturas en su universo visual. 

El proceso se mostraba revelador por el modo en que la compleja secuencia de acontecimientos históricos y sociales había generado un entramado cultural, también complejo, en los planos etnoracial y psico-social, con clara repercusión para sus expresiones estético-artísticas.

En el Caribe hispano insular, la República Dominicana fue el primer país en obtener su independencia (1844). Sin embargo, antes y después de esta fecha, la nación vivió conspiraciones y faenas liberadoras en circunstancias poco comunes en relación con otros territorios antillanos, como fueron los más de veinte años de dominación haitiana, que crearon un estatus de permanente intranquilidad entre ambas naciones vecinas. Con posterioridad a la independencia, nuevas campañas y movimientos en el interior del país motivaron la solicitud de anexión a la antigua metrópoli en 1861 por el sector oligárquico, mientras que unos años más tarde la denominada Guerra Restauradora (1863) significó el abandono del territorio por los españoles. La lucha por la constitución de la República fue intensa a todo lo largo del siglo xix y caracterizó –en gran medida– la enorme inestabilidad de esos años y la aparición de otras vicisitudes políticas y económicas que atravesó la jovencísima República a principios del siglo pasado, con la entrada en el escenario dominicano de los Estados Unidos en 1916. Según palabras de Max Henríquez Ureña, “la República Dominicana bajo la ocupación militar americana, ha sido prácticamente suprimida como nación. No puede haber nación donde no hay soberanía”

La complejidad de estos procesos dotó a la cultura dominicana de una especial sensibilidad ante el hecho patrio, que se reveló con una marcada tendencia en las artes plásticas hacia los temas locales, y muy especialmente hacia los propiamente históricos. Por otra parte, ¿cómo se situaban las artes plásticas ante –según palabras de Marcio Veloz Maggiolo– “un mestizaje que incluye viejas historias africanas, españolas, indígenas, como si representara la mezcla genética ideal que debiera ser el modelo dominicano y antillano”?2 Este aspecto etno-racial creaba otra dimensión polémica para ese momento fundador de las artes dominicanas, justamente en el sentido de cómo poder revelar esa sociedad mestiza en la que se centraba también el espíritu de la nueva nación.

Otros ejes polémicos aparecían asociados a las contradicciones propias que los acontecimientos habían generado en la constitución psico-social dominicana en cuanto a la vecina haitianidad, que era portadora de una carga amenazante y de menosprecio instalada en el imaginario colectivo nacional, mientras que lo hispano era reclamado como pertenencia por el sector dominante. Esa polaridad quedó sellada por el contraste del color de la piel: el negro identificado como haitiano y el blanco como de origen español.
A propósito de este tema, el propio Veloz Maggiolo menciona otras zonas de conflicto, que precisa así: “De repente se quiso (en aras de una hispanidad que era sinónimo del pueblo para crear sus propias creencias y valores culturales, de un racismo rampante y trasnochado) borrar todo un largo proceso y unificar a los dominicanos en torno a unos ideales de grandeza histórica española que la gran mayoría del pueblo ni conocía”.

La indagación en el pasado, “que buscaba raíces en una toma de conciencia histórica”,4 ha dicho Danilo De los Santos, hizo nacer también un indigenismo que tuvo fuerte arraigo en la literatura y en las artes. De este modo, lo que se pretendía noción integradora, lo mestizo, revelaba nuevas confrontaciones en las esferas del pensamiento social y cultural de la República Dominicana. Alcanzar la visualidad de ese mestizaje se presentó como una zona de tensiones culturales que debía ser explorada a partir de los múltiples prejuicios imperantes y para distinguir una sensibilidad colectiva, fundamentada en lo popular, como sustento de las fuentes nutricias de la dominicanidad desde el universo criollo, que paulatinamente indagaba su imagen para construir las versiones de lo nacional. Se trató de un proceso cultural que abarcó otras esferas del pensamiento y la creación.

De manera general, en las artes plásticas durante el siglo xix y los primeros años del xx se produjo la asunción del modelo paradigmático europeo, con un interesante aspecto en el caso dominicano: el de un academicismo sin Academia. Pocos artistas se formaron en países de Europa y mayormente fueron autodidactas. La primera escuela de pintura y dibujo en el país fue fundada por el artista español José Fernández Corredor sin los rígidos y exigentes criterios de las academias de arte, según el referente europeo. Algunos dominicanos crearon sus propias escuelas con similar carácter. Actuaron como maestros y formaron talleres artísticos. Y si bien en las obras de algunos se revelan ciertas características que aluden a otros estilos o tendencias del arte europeo –como las insinuaciones impresionistas en la obra de Luis Desangles, por ejemplo–, según palabras de Danilo De los Santos, fue “por evolución profesional más que por el influjo de la escuela francesa”.

Se trató de un camino seguido por los artistas a partir de los modelos que definieron el concepto de bellas artes en la historia del arte y un tipo de recepción que se extendió hasta bien entrado el pasado siglo para entonces comenzar –paulatinamente y con mayor fuerza– un proceso plástico moderno que se hizo cada vez más intenso y coherente. Un espíritu de conservación nacional permeaba fuertemente la sociedad y todo ello se verificó en el gusto imperante del sector que era comitente y consumidor de esas expresiones visuales. El esquema elitista y hedonista de las artes plásticas, según los cánones de la tradición predominantemente hispana y en algunos autores también de origen francés, equivalía a distinguir el arte legitimado. Hacerlo como en Europa abrió el camino a la existencia misma de las bellas artes en nuestros países históricamente dependientes, en los que otras producciones visuales quedaron excluidas de los sistemas de valores artísticos.

Sin embargo, en los creadores que iniciaron el proceso fundacional de las artes plásticas, todo ese lenguaje se reveló útil para distinguir las alegorías a la nueva República, como ocurre en el Sueño de Juan Pablo Duarte (1890), realizado por Luis Desangles (1861- 1940), o para reverenciar los significados patronales de la religiosidad católica en la Virgen de la Altagracia (1895), de Alejandro Bonilla (1820-1901). Lo interesante es que, en una y otra pieza, esa dominicanidad fundacional se hace evidente por el modo de instaurar el contraste que no se expresa –aún– sensiblemente, en el cómo sino en el qué, en la expresión de algo propio y diferente que fue hacia donde se dirigió la mirada de los artistas, lo que resultó en su tiempo de una gran envergadura. Por su parte, Abelardo Rodríguez Urdaneta (1870-1933) –desde una perspectiva histórica más inmediata– testimonió en una obra impactante por su fuerza expresiva el momento de agosto de 1916 cuando el acorazado Memphis, de la Marina de Guerra de los Estados Unidos, fue sorprendido por “un súbito mar de leva [que] arrojó el buque con inusitada violencia contra los arrecifes del litoral”. En franca alusión a aquel acontecimiento, El Memphis y el Castine (1917) es un interesante ejemplo de una perspectiva actualizada –en lo artístico– de los temas dominicanos, como también lo fueron aquellos donde Enrique García Godoy (1886-1947) se inspiraba de manera libre y desprejuiciada en la sencilla belleza de la mujer dominicana, concentrándose más en ella que en los espacios o los atributos que la distinguían por su condición social. Mientras, nuevas visiones del paisaje y la naturaleza mostraban una realidad que comenzaba a ser novedosa en el plano artístico y social.

 Tomado del Libro Trenzando una Historia en Curso, Arte dominicano contemporáneo en el contexto del Caribe

Yolanda Wood, Historiadora, crítica e Investigadora de Arte.
Profesora titular de la Universidad de la Habana

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