Responsabilidad social del artista

Una sucesión de acontecimientos políticos y sociales desataron un proceso complejo y convulso en la República Dominicana durante la década de 1960, marcados por las esperanzas renovadoras de las elecciones que dieron la presidencia a Juan Bosch y la frustración de ese proceso democrático con el acto golpista y la intervención estadounidense. 

Las reacciones populares fueron intensas y abarcaron todas las esferas de la sociedad. Las artes plásticas emergieron con nuevo ímpetu identitario y modernizador en ese contexto y los artistas asumieron compromisos cívicos de carácter grupal que llegaron a adquirir una gran significación ética con sentido de responsabilidad social. Las artes y los artistas suelen ser muy sensibles a los procesos que impactan la sociedad, aunque ellos no adquieran su expresión cultural en simultaneidad con la dinámica de los acontecimientos políticos y sociales, manifestándose en su proyección como tendencia histórico-artística. Pero esos procesos pueden también impactar –por su envergadura– a la sociedad toda y entonces tensan la cuerda de la creación artística y su propia inmediatez genera dinámicas culturales circunstanciales signadas por su tiempo. En el contexto dominicano del primer lustro de los años sesenta, se desencadenaron acontecimientos nacionales que desataron estos dos modos de comportamiento en las artes. De una parte, una tendencia que profundiza en la expresión nacional con una marcada orientación social y modernizadora del lenguaje artístico, que tiene sus antecedentes en la década anterior e irradia más allá de 1965. Y, en paralelo con los sucesos políticos y sociales, la creación de agrupaciones artísticas impulsadas por los acontecimientos que inquietaban a la sociedad e incorporaban a los artistas –desde el arte– a las batallas populares.

Cuando se produjo la eliminación de Trujillo, en mayo de 1961, las artes plásticas dominicanas se encontraban en un momento de madurez que se revelaba también en una literatura que, con palabras de José Alcántara Almánzar, indagaba cada vez más en las problemáticas sociales.20 Los acontecimientos que siguieron a la muerte del dictador marcaron una gran inestabilidad nacional a partir de maniobras políticas que en muy breve tiempo produjeron toda suerte de conmociones e impactos en medio del desconcierto popular ante la “nueva era post-trujillista”, que parecía tener su emblemática evidencia en la restitución del nombre de Santo Domingo a la capital dominicana, bautizada por el tirano desde 1936 como Ciudad Trujillo.

Sin embargo, el Consejo de Estado instaurado por Joaquín Balaguer en diciembre de ese mismo año duró solo unos días, al ser derrocado por un golpe castrense que promovió una Junta Cívico-Militar que, a su vez, fue depuesta por grupos de militares que reinstauraron el Consejo de Estado sin la figura de Balaguer (quien partió al exilio) y con la presencia de dos de los sobrevivientes del atentado a Trujillo: “La ciudad de Santo Domingo vivió horas de regocijo como pocas veces en su historia, celebrando ingenuamente el hecho de que el problema político del país se había solucionado”.

Ese año de 1962 sería preparatorio para las elecciones en las que el pueblo dominicano ponía todas sus esperanzas. Los propios comicios polarizaban la sociedad dominicana y las acciones populares eran enfrentadas por la actividad policial y los militares que aumentaban las contradicciones y el malestar colectivo. Fueron intensas las acciones contra los crímenes y abusos cometidos por el gobierno de Trujillo, así como los actos de masas en los que se expresaban sentimientos populares por todo el país con manifestaciones huelguísticas y de protestas reivindicativas que adquirían carácter patriótico y nacionalista ante la evidencia en el horizonte de la flotilla naval de los Estados Unidos. Por otra parte, “se había creado en el pueblo dominicano la ilusión de que con esos comicios se encontraría la solución a los problemas fundamentales que lo afectaban”.

A las problemáticas internas del país habría que añadir el contexto caribeño marcado por el triunfo de la revolución cubana, que tenía su contrapartida en los territorios hispanos con la permanencia del estatus colonial para Puerto Rico bajo la nueva denominación de Estado Libre Asociado y el otorgamiento en 1962 de la emancipación a Jamaica por el imperio británico. En el ámbito internacional, Argelia lograba su independencia mientras que se agudizaba el conflicto bélico en Vietnam.

En esa compleja coyuntura nacional e internacional surgió el grupo Arte y Liberación en Santo Domingo. Según Sara Hermann, no fue un hecho casual que los artistas de diferentes disciplinas se unieran bajo esta denominación. Se pronunciaron por la realización de una obra “consecuente con el momento histórico-político” que, si bien se mostraba confuso, debía conducir a un camino esperanzador para el pueblo dominicano. Se destacaron dentro del grupo, en su proyección pública y actividad movilizadora, los artistas plásticos Iván Tovar, Silvano Lora, Ramírez Conde, Antonio Toribio y Asdrúbal Domínguez. Algunos de ellos regresaban del extranjero, donde habían recibido las influencias del arte en boga y, en especial, de la abstracción. Arte y Liberación se expresaba por desterrar el arte gratuito; reconocer la autonomía de la cultura de los pueblos; condenar la intervención disfrazada en Alianza para el Progreso, militar o cultural; exterminar la hipocresía, la inacción y la indiferencia; haciendo del arte un instrumento de acción que modificara el curso de la historia, un gesto creador, un acto revolucionario por la libre autodeterminación del pueblo dominicano, por una cultura del pueblo y para el pueblo.

Con una abrumadora mayoría y representando al PRD (Partido Revolucionario Dominicano) ante UCN (Unión Cívica Nacional), Juan Bosch obtuvo la Presidencia de la República y tomó posesión el 27 de febrero de 1963. Con el triunfo del intelectual y político, se instauraba también un gobierno democráticamente electo que se pronunciaba por la defensa de la Constitución y las leyes republicanas, mientras que saneaba la imagen pública del Estado y se proyectaba con sentido de respeto hacia las libertades individuales y la justicia social de los amplios sectores del pueblo. En el plano cultural, el gobierno de Juan Bosch, con solo 210 días de duración, fue sin embargo de una gran significación en la elevación de la autoestima dominicana para asumir la orientación de sus propios destinos.

Desde los primeros momentos, Bosch se pronunció por elevar el nivel educacional y por la edición de autores dominicanos. En la Constitución aprobada bajo su gobierno, se reconocía el derecho de todos a la enseñanza, que se instauró gratuitamente en los niveles primario y secundario, y se declaraba de interés social la erradicación del analfabetismo. Creó la Dirección General de Información, Cultura y Diversiones bajo la dependencia del Ministerio de la Presidencia. Bosch pensaba –y así lo expresó en entrevista que se le realizara– que “había que restaurar los valores culturales perdidos porque los efectos destructores del trujillismo habían disuelto la cultura popular, a la que otorgaban profundos valores patrios”.

Pero el gobierno de Bosch fue derrocado y se instauró el Triunvirato. Entonces, ha indicado Félix Jiménez al estudiar las peculiaridades de su mandato, “se inició un período trágico de funestas consecuencias para el pueblo”,25 que desembocaría en la guerra civil de 1965 y la ocupación por parte de los Estados Unidos. En esa coyuntura de levantamiento cívico del pueblo dominicano en defensa de los valores democráticos que habían sido enaltecidos por el esperanzador gobierno de Bosch, surgió el Frente Cultural en Santo Domingo, durante la revolución de abril, movimiento en el que participaron las artes plásticas, el teatro, la literatura, la música en las trincheras junto a los combatientes armados y la población civil. Interrogado por Martha Rivera sobre lo que fue este movimiento y su participación en él, señala Silvano Lora que se trató de “un compromiso de los artistas y los intelectuales frente a la situación de urgencia y necesidad” del país. Un grupo de creadores se implicaron en la cotidianidad de la guerra y en la defensa de la patria, pues “el hecho de hacer el arte, de crear en esas condiciones y sobre todo de llevar su arte a la zona constitucionalista, a veces hecha fuera del escenario del combate, era de por sí un compromiso, una actitud de defensa y resistencia como lo hacían otros con las armas… es natural que una situación como aquella pusiera a los artistas en un compromiso y muchos hicieron arte de concientización, arte de respuesta y de propaganda”.

El Frente Cultural abrió galerías de arte en el perímetro de la zona constitucionalista y un taller de propaganda y difusión de ideas. Se hacían afiches y cruza-calles, se ambientaban los lugares donde se reunía el pueblo y se hacían los mítines, se realizaron debates de cine, representaciones teatrales y lecturas de poemas. Precisa Silvano Lora que “se dio una integración del arte puro con el arte comprometido y el arte de vanguardia”. Su propia obra es un ejemplo del modo en que se lograron integrar y combinar los lenguajes de la lucha y la resistencia con las tendencias contemporáneas del arte, al poderse apreciar en ella la impronta de un lenguaje abstracto que el artista había desarrollado desde sus años europeos. Dos piezas llaman la atención en ese sentido: Helicóptero en la ventana y Homenaje a Jacques Viau. La primera refiere el momento de la entrada de los norteamericanos a la zona constitucionalista. Dice Silvano Lora: “una mañana había un helicóptero entrando prácticamente por mi ventana”. Se trataba del efecto simbólico de la penetración y violación del espacio “doméstico”, del recinto de la dominicanidad.
Respecto a Homenaje a Jacques Viau, refiere que la primera reunión importante del Frente Cultural se hizo en el cine Santomé y que “desafortunadamente en ese momento no pudimos integrar a Jacques Viau, quien se encontraba en el Comando de Ensanche Cucaracha, donde fui personalmente a buscarlo para que se incorporara al movimiento de los artistas y él no quiso abandonar la lucha armada en la que murió”.

Las obras de otros artistas del momento destacan el carácter impactante de aquellas circunstancias a través de piezas que revelan todo el drama de la guerra y de la resistencia popular. Muchas de estas obras integraron la exposición que en el año 2001 realizó el Museo de Arte Contemporáneo de Santo Domingo bajo el título Dimensiones heroicas, con piezas de José Ramírez Conde, Justo Susana, Gilberto Hernández Ortega y Ramón Oviedo, entre otros. La pieza 24 de abril ha sido considerada por la crítica como el “Guernica dominicano” por la estructura y el dramatismo según el referente picassiano; sin embargo, resalta en esta obra de Oviedo una dimensión épica que la hace símbolo de su momento histórico. De igual modo y siguiendo el lenguaje de la pintura popular, realizó Justo Susana versiones impactantes sobre los ataques aéreos a la ciudad, a partir de un referente artístico-otro. En piezas emblemáticas de estos años se refiere la situación de pobreza que vivía el país y un drama social que se hizo sensibilidad artística en las obras de los creadores.

Silvano Lora reconoce que los grupos Arte y Liberación y La Máscara (1965), al que pertenecieron Aquiles Azar, Elsa Núñez, Ángel Haché, Adolfo Piantini y José Ramón Rotellini, fueron antecedentes y parte de un “movimiento que venía gestándose desde la caída de la dictadura trujillista y el golpe militar contra el gobierno de Juan Bosch”. Y precisa que el Frente Cultural llevaba al pueblo un arte que podía estimular las ansias de los luchadores y ciudadanos. Todas estas agrupaciones se inscribieron en un momento de intensos debates al interior mismo del ambiente artístico acerca de la posición del creador en la sociedad y las funciones del arte. Dicho debate no dejaba de repercutir en la toma de posiciones éticas y ciudadanas por parte de los artistas.

Dos documentos emitidos por el Frente Cultural resultan particularmente importantes por sus contenidos: el texto del catálogo de la muestra colectiva realizada durante los días de la lucha armada, expuesta el 14 de noviembre de 1965 en el Palacio de Bellas Artes, y la Declaración de los artistas, aparecida –según precisa Danilo De los Santos– cuando la negociación parecía poner fin a la contienda en julio de 1966. En el primero se expresa que el pueblo dominicano demostró el 24 de abril su soberana voluntad de vivir sobre normas democráticas. “Nuestro arte estuvo al servicio de la causa del pueblo en armas […] Porque la lucha armada no consiste solamente en el uso del fusil, sino también en las ideas que mueven el fusil. Porque detrás del gatillo está el hombre”. Y precisaban que “lo que inicialmente era solo una lucha contra las camarillas explotadoras se ha convertido hoy en la lucha por la soberanía de la patria, contra los ejércitos de una de las naciones más poderosas del mundo, establecidos en nuestro propio territorio […] Condenamos la intervención de los Estados Unidos […] y ponemos nuestro arte y nuestras vidas al servicio de la nacionalidad dominicana […] Denunciamos que el invasor vino a aplastar la voluntad de nuestro pueblo de regirse por la Constitución democrática de 1963”.

En el segundo, decían los artistas que “el arte vive dentro de un compromiso contraído con la sociedad y el tiempo que lo crean […] Los artistas dominicanos hemos padecido con indignación en la sangre el atropello incalificable contra la soberanía nacional que una potencia extranjera por la razón de su fuerza ha perpetrado contra la República. Y en defensa de esa soberanía nos lanzamos al combate. Hemos cumplido con nuestro deber. Seguiremos cumpliendo con nuestro deber. Porque el arte, cuando no es fiel expresión de las agonías y las esperanzas del pueblo […] abandona por completo su raíz esencialmente humana y humanista”.

Si bien Arte y Liberación y el Frente Cultural sintetizaron las ansias participativas de los artistas en momentos críticos de la nación, en general “los 60 son un período clave donde los artistas del Caribe hispanófono investigan más y buscan lenguajes figurativos ajenos a la complacencia y la superficialidad”.30 En las condiciones dominicanas de estos años fueron la expresión de las esperanzas y frustraciones de un período complejo y convulso en el que “la necesidad de un cambio en todos los órdenes […] abarcó sensiblemente el ámbito de las artes”. Se trataba de “una sociedad en transición” –precisa la crítica de arte dominicana Jeannette Miller–,31 que se expresó con el carácter de “una apertura humana y artística” y “un intenso disfrute de las libertades expresivas” que parecía corresponder al de las batallas políticas libradas por el pueblo. Y sentencia la autora: “el concepto de arte cambió, pues el concepto de la realidad había cambiado”.

Tomado del Libro Trenzando una Historia en Curso, Arte dominicano contemporáneo en el contexto del Caribe

Yolanda Wood, Historiadora, crítica e Investigadora de Arte.
Profesora titular de la Universidad de la Habana

Visto 3458 veces