Preludio de un fin de siglo: los noventa

Las débiles administraciones del Estado, la fragmentación virulenta de las organizaciones partidarias tradicionales de la República Dominicana y una crecientemente precaria situación económica exacerban los movimientos migratorios a partir de la década de los años ochenta. 

Este estado de cosas lleva a los creadores a tomar decisiones y a actuar, ya de manera colectiva o individualmente, para romper con las prácticas de ese momento. De manera paralela, comienzan a popularizarse otras formas de creación que comprenden la fotografía, el video y la instalación.

Los noventa vienen también con su carga de politización y deteriorada situación económica. Sin embargo, comienzan a suceder cambios de orden político y, por ende, sociales que contribuyen a una nueva fuerza en la generación de discursos artísticos.
El grupo de artistas que en los ochenta se une como alternativa de trabajo sigue su producción artística, en algunos casos individualmente.

La Escuela de Diseño de Altos de Chavón comienza a titular artistas que van a modificar en mucho el panorama de las artes. Es un momento de múltiples cambios, todos dirigidos al cuestionamiento del status quo y el orden establecido desde la crítica sobre el arte y el no-arte. La producción del momento pasa a tener mayores vinculaciones a ejercicios interdisciplinares, multidisciplinares y transdisciplinares. Artistas como
Tony Capellán, Belkis Ramírez, Marcos Lora Read, Pascal Meccariello, Jorge Pineda y Raquel Paiewonsky rompen los confines de la autonomía del arte hacia lo estético y buscan renovados contactos con su contexto, con el ambiente social y cultural, con el sistema en sí mismo. Plantean desde sus propias producciones una nueva libertad de acercamientos que promete la apertura de nuevas vías pero que también define la pluralidad del momento.

Alanna Lockward, en su texto “Los 90’s”, lo planteaba de una manera bastante visceral: “La misma ausencia de una ruptura temática y de soporte con lo establecido que caracterizó a los ochenta, se apersonó en la década siguiente. La apologista de aquellos creadores que terminaron siendo los representativos de los noventa, Marianne de Tolentino, afirmaba que la renovación en las artes visuales de los ochenta se logró a través de un proceso de evolución, no fue producto de una ruptura definitiva con el pasado… Los altares y ofrendas marcaron la iniciación del primer instalacionismo en la obra de Freddy Rodríguez, Jorge Severino, Geo Ripley y Orlando Menicucci en los años setenta, y continuaron siendo utilizados en los ochenta por Jochi Asiático y Tony Capellán. Las rayuelas de este último (trúcamelos, los llamamos) reaparecieron al final de la década pasada en la obra de Miguel Ramírez, lo que invita a corroborar la escasa disposición para mudar de piel del arte dominicano…”

En cuanto a lo expositivo, salvando importantes ejemplos –generalmente generados desde el Caribe o con la colaboración permanente de profesionales de la región– es importante plantear una participación más activa de nuestros artistas en cónclaves de trascendencia internacional. Así, podríamos mencionar algunos ejemplos de exposiciones que atestiguan este interés por la creación en la región del Caribe en mayor o menor medida:
• Ante América. Curaduría: Gerardo Mosquera (Cuba), Rachel Weiss (Estados
Unidos) y Carolina Ponce de León (Colombia), 1992-1994.
• Caribe: Exclusión, fragmentación y paraíso. Comisarios: Antonio Zaya (España) y
Mª Lluïsa Borrás (España), MEIAC y Casa de América, 1998.
• Identidades. Artistas de América Latina y el Caribe. París, 1999. BID. La maison de Amérique Latine.
• Island Nations: New Art From Cuba, the Dominican Republic, Puerto Rico and the
Diaspora. Curaduría: René Morales (Cuba-Estados Unidos), Judith Tannenbaum
(Estados Unidos), The RISD Museum, 2004.

Tomado del Libro Trenzando una Historia en Curso, Arte dominicano contemporáneo en el contexto del Caribe

Sara Hermann, Historiadora e Investigadora de Arte
Asesora del Centro León

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