Nacimiento y desarrollo del béisbol dominicano

Se puede precisar que el béisbol se introdujo en la República Dominicana el viernes 25 de septiembre de 1886, en la ciudad de San Pedro de Macorís. Las investigaciones realizadas por el periodista venezolano Juan Vené y publicadas en el libro Un siglo de béisbol (editado por la Liga Venezolana de Béisbol Profesional en 1996, con motivo de su cincuentenario) así lo precisan a partir de documentos irrefutables. 

La redacción del libro fue compartida con otros dos autores, Eleazar Díaz Rangel y Humberto Acosta, y a Vené le correspondió la responsabilidad de investigar el origen del béisbol en los diferentes países de la América que habla español.

Así, en la parte correspondiente a la República Dominicana, el venezolano cita el periódico Época, que circulaba en San Pedro de Macorís, del 26 de septiembre de 1886. En esa edición se publica la crónica del primer partido de béisbol en territorio dominicano de que se tenga noticia, aunque con más atención a la parte social que a la deportiva, ya que incluso omite el marcador final del encuentro. La historia fue como sigue: Al puerto de San Pedro de Macorís había llegado el buque María Herrera el 23 de septiembre, para recoger azúcar en los ingenios Colón y Angelina. Sus marinos procedían de una Cuba obsesionada por el béisbol, no solo por las características de ese deporte sino porque era también una de las armas que los patriotas de esa isla esgrimían contra el colonialismo español. No fue difícil, por tanto, que los nativos pidieran a los visitante que demostraran lo que era ese deporte. Dos cubanos, Juan Fernández de Castro y Juan A. Amechazurra, propietarios de los ingenios antes mencionados, prestaron su concurso para que se efectuara un juego donde se enfrentaron dos equipos formados por los marinos del barco mercante. Los equipos tomaron los nombres de ambos centrales. El partido lo ganó el Angelina, acreditándose la victoria el lanzador Alfonso Monzán. Cargó con la derrota Jaime Calzado.

Pero Vené amplía aún más la información, cuando reseña que consta en las Actas Municipales del Ayuntamiento de San Pedro que en el año 1899 el propietario del ingenio Porvenir, Santiago Mellor, donó un terreno a un técnico que trabajaba en su industria, Harry Taylor, de nacionalidad norteamericana, con la condición de que “solamente podrá utilizarse para jugar el base ball”. Esas actas reposan en el Archivo General de la Nación. Ahora bien, este terreno ya era usado para tal labor (precursora de lo que hoy son las academias de béisbol que auspician las Ligas Mayores) en 1889, pues allí jugaba el club Arioles, auspiciado por el ingenio Porvenir, el que normalmente enfrentaba una novena organizada por los señores José Aruza y José Méndez López, cubano y puertorriqueño respectivamente.

Esta evidencia eliminó la versión sustentada originalmente por Natalio Redondo en su libro El base ball en Santo Domingo (1953). Allí se reseña la actividad a partir de 1891 en la capital. Esta hipótesis se mantuvo como cierta durante mucho tiempo y fue incluso repetida por muchos otros autores. Según ese escritor, fueron los hermanos cubanos Ignacio y Ubaldo Alomá, dueños de una herrería ubicada en la calle Mercedes, en la ciudad de Santo Domingo, los que iniciaron la práctica del béisbol en la República Dominicana, cuando formaron los equipos Cervecería y Cauto. Existe, sin embargo, un elemento que ratifica la versión de Vené, y es que los hermanos Alomá “dejaron sus casas en Cienfuegos, Cuba, y emigraron a Santo Domingo en 1880”, según expresa el historiador Rob Ruck en su libro The Tropic of Baseball, publicado en 1991. Tal evidencia provoca que surja la interrogante acerca de por qué los Alomá vivieron once años en territorio dominicano sin jugar béisbol. No obstante, esta rectificación no debe quitar mérito a cubanos como los Alomá, quienes lograron que el árbol del béisbol, recientemente sembrado, se reprodujera, por lo menos en la ciudad de Santo Domingo.

La realidad es que a Cuba le tocó llevar el béisbol al Caribe por razones poderosas, que van más allá del deporte mismo. Resulta que para esa época, la segunda parte del siglo XIX, la mayor de las Antillas se mantenía como colonia del decadente imperio español, pero poseía un notable desarrollo debido a la generación de riquezas que lograba su economía. Aun cuando el resto de América Central y la isla de La Española eran repúblicas independientes, todos estos países vivían un gran atraso en comparación con los cubanos. En el caso específico nuestro, la pobreza y el aislamiento, causados por la desorganización y escasa madurez de nuestra clase política, eran los principales obstáculos para lograr un desarrollo adecuado.

Cuando aquellos marinos del buque María Herrera, y luego los Alomá, iniciaron su labor de introducción del béisbol, la República Dominicana poseía unas desastrosas comunicaciones. Era necesario usar principalmente la vía marítima para tener algún tipo de intercambio comercial, deportivo o cultural dentro del país. El caso de San Pedro de Macorís era especial, vivía una época de esplendor debido a las inversiones de muchos cubanos y norteamericanos en el negocio del azúcar, y eso tuvo mucha influencia en que fuera la puerta de entrada del béisbol. Sin embargo, en el interior del país la situación era diferente. Pedro Francisco Bonó escribió en 1881 lo siguiente en su obra El montero: “Todo dominicano viejo, que se ve obligado a hacer un viaje, pasa la víspera tan agitada como la que precede a un combate. Desde que se pone en camino empieza a preguntar a todos los que encuentra: ¿El Yuna da paso?, ¿cómo está el Corozol, El Piñol, El Egido, La Luisa?, ¿hay paso en el Ozama, barca en La Isabela? Si le responden: Todo está seco, los ríos están bajos, respira entonces a pulmones llenos y aprieta el paso, no sea cosa que si tarda, un chubasco todo lo desarregle”. Esa era la situación existente entonces y no varió mucho en los años siguientes. El primer puente sobre el río Ozama se construyó en 1898 y el de Haina en 1912.

Tomado del libro ¡Nos vemos en el play! Béisbol y Cultura en la República dominicana, del ensayista Tony Piña.

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