Trópico de Cáncer: más allá de una latitud máxima determinada.

Creo en la fotografía como un punto de partida –otro- propicio y gestor para manifestar la experiencia humana. No una mera cuestión artística se entreteje entre cada una de las tomas que se observan en esta cuidadosa y expectante curaduría. Aplaudo este concepto museográfico como valor agregado para Trópico de Cáncer, exposición del fotógrafo español Juan Manuel Díaz Burgos recién inaugurada en la noche del jueves 1ro de noviembre en el Centro León, Santiago de los Caballeros, como parte de la 8va edición del Festival Photoimagen que organiza en República Dominicana la Fundación Imagen 83 y que cuenta con España como país invitado de honor.

El ejercicio de la fotografía requiere, en no pocas ocasiones, soledad, silencio, esfuerzo concentrado, tiempo y luz. La suficiente luz para ir dibujando el crisol de la memoria. Así redescubre el fotógrafo ese espíritu íntimo y abovedado del otro -y el nuestro, secretamente inconfesado- mientras inscribe y nos describe, y su afán detenta identificaciones muchas veces ignoradas. Sospecho (cómo no sospechar) que estos son los ánimos de la fotografía de Juan Manuel Díaz Burgos.

Alienados como vivimos por los prejuicios, hasta el momento de encontrar el golpe en la mejilla que nos producen sus imágenes, la integridad civilizada –humanista como se ha definido el propio Díaz Burgos - del artista, nos alienta a apropiarnos de otras cosmologías, de otros mitos, contrariedades, religiosidades e idiosincrasias que significan un impulso colectivo, un estado del ánimo templado por esa inquietud y la ansiedad del hombre por dejar testimonio de su paso por la existencia, como si la existencia misma no le fueran ya suficiente.

Se está retratando el discernimiento de un realismo en perspectiva en torno a la existencia del ser, como objeto, nos ha dejado saber el propio fotógrafo. Un gesto íntimo, es decir, públicamente íntimo, pero sincero de la realidad que está mirando.

Ese gesto que ennoblece al más profundo atisbo que habita en la imaginación del gran público. El público sin voz, -léase sin ojos, o al menos sin esa mirada crítica que lo hace consiente de su contexto-. Todo, con un encuadre personal y desbordado en ternuras estéticas, un reino hacia el cual nos orienta Díaz Burgos para dirigirnos la mirada sin escrutar en la culpa, más que en la naturaleza humana, un gesto que nos permite revelar –para decirlo en términos fotográficos y caro al artista- todo lo que somos capaces de creer, crecer o vencer, haciendo comprensible a nuestro yo interior su arrimo consciente a la belleza que no se ve a simple inspección, los pánicos y la razón de nuestro subconsciente, más allá del clik y cualquiera de nuestras latitudes estéticas como alude el epígrafe de estas palabras.

Un itinerario a primera vista por las imágenes mostradas invitan a detener y/o moderar el paso del espectador en no pocas imágenes. Una impresión que pude captar como atmósfera de la sala, más allá de un mero y solaz ejercicio cultural para convertirse en una mirada existencial. Una introspección donde no hay luz para la indiferencia. Al fin y al cabo la luz de trópico no ha dejado para nada indiferente las inquietudes de Juan Manuel en su paso por nuestras islas del Caribe.

Históricamente la fotografía lleva consigo una predilección por las mixturas o conjuntos de realidades y dinámicas emocionales, impresiones y sentimientos extraídos del pasado y del presente con una bitácora de diafragma dilatado buscándose en el futuro, sin otra razón, como creo advertir, que la naturaleza humana hurgando en sus orígenes.

La mirada del sujeto fotografiado, sin embargo, pareciera obviarse, en mi percepción de las imágenes que formulan la estética de Trópico de Cáncer, este gesto –otro- consolida la intencionalidad del autor por generalizar, compartir, o visualizar realidades más allá de lo referenciado como reconocimiento mutuo, para dar luz –la bendita circunstancia de la luz por todas partes- a un entorno geográfico y socio cultural que se sumerge además en la ansiedad humana.

Con su Trópico de Cáncer Díaz Burgos nos ofrece una guía para distanciar nuestro Yo del rigor de nuestro tiempo y sus perpetuas especulaciones triviales. Al mismo tiempo que su “línea de latitud” estética lo consigue con admirable ímpetu en el dramatismo de sus encuadres, la temperatura de sus luces y la innegable impavidez conque nos inunda la semántica de sus tomas; todo, con una nobleza impecable en su capacidad por emocionar(se)nos.

En los registros fotográficos que nos revela la muestra Trópico de Cáncer no hay por tanto latitudes inconexas o paralelas miradas desde el lente de un turista europeo al paso, más bien aparecen retratada una geografía humana que nos identifica desde la plenitud de esa iluminación que enceguece, como se ha reconocido, pero que al mismo tiempo nos distingue. Razones que definitivamente enamoraron –para decirlo con sus propias palabras- a Juan Manuel Díaz Burgos de esta isla, su gente, sus valores, su geografía, sus ansiedades, pero sobre todo algunas claves del trópico que el artista nos hace ver, a pesar de la venda en los ojos de sus sujetos, con resonancias que portan una impecable identidad del individuo con su circunstancia, su entorno, su historia.

Racso Morejón
Poeta, crítico literario, fotógrafo y promotor cultural.