Tertulia Caribeña. Un compromiso de 500 palabras y 365 días

Las columnas de opinión en la prensa dominicana y su experiencia en el Bulevar de la vida, fueron los temas que abordó Pablo McKinney en una intenso diálogo con el público.

El bulevar de la vida estuvo por una noche en la Tertulia caribeña del Centro León. En un intenso diálogo donde el destacado comunicador dominicano abordó la responsabilidad de los columnistas dominicanos en la formación de la sociedad, McKinney relató su experiencia por varios periódicos dominicanos (El Siglo, El Hoy, Listín Diario y El Nacional), en la radio y en la televisión. Reproducimos a continuación el texto con el que el autor de El año en que vivimos en peligro, comenzó su participación en la Tertulia. "Ese fue mi Bulevar... de hoy –advirtió McKinney–, tiene exactamente 500 palabras y es mi compromiso, mi responsabilidad".

El bulevar de la vida
Ya que el Centro León no viene al Bulevar de la vida, por andar promoviendo dominicanidad de la buena en la región del país donde más hay de la mejor, esta columna y su santo padre, el hijo del Profe de Baní, han venido esta noche a la Tertulia caribeña del Centro León, a confesarse, sin olvidar la hostia y nunca el vino.

Lo mejor de haber recibido esta invitación para tertuliar sobre el origen de esta columna y la experiencia periodística y personal que ella ha representado para nosotros, ha sido el tener que reflexionar en serio sobre este oficio; además de saborear el título de la Tertulia, que sospecho es de la autoría de Camilo Venegas, quien comparte conmigo la devoción por Sabina y sus “19 días y 500 noches".

En esto de contar verdades de la política y sus miserias, cantar sueños, llorar tardes y celebrar la vida y sus pasiones, anda uno formalmente desde octubre 1995, cuando recién llegado de los madriles, con Francisco Umbral como santo patrono literario, Bienvenido Álvarez Vega me permitió escribir semanalmente una columna que entonces llamé Cronicantos, y que al año, pasó a ser una columna diaria en el Listín Diario, con sueldo incluido, gracias a que Eduardo Pellerano quiso dar un toque de irreverencia y termocefalia ideológica a su periódico.

En el Listín, siguió uno afinando la puntería, tirando a matar las penas nacionales de corrupción o abuso, y también las penas íntimas, que al fin y al cabo son las mismas, pues la Patria se sufre tanto o menos que un amor impertinente, cierto o inventado. Por algo, esto del periodismo literario no es más que un cuento que ocurrió, o cree alguien que alguna vez pasó.

Cuando a los dos años llegó la propuesta para pasar al diario El Siglo, ya no sólo con una columna diaria sino también con un resumen semanal que llamamos y registramos como SemanalGENTE, había que cambiar el nombre para comenzar de nuevo; y como siempre la cultura y el amor han estado más cerca del vino que de los despachos, y en esos días andaba uno celebrando amores con Chavela Vargas y el Sabina por aquello de “Por el bulevar de los sueños rotos vive una dama de poncho rojo”, el nombre llegó al vuelo: El bulevar de la vida. Una persona querida me sugirió no cambiar lo de Cronicantos, pero la suerte ya estaba echada. Uno seguiría cronicantando y cronificando el día a día nacional, pero ya sentado en el bulevar imaginario de las y pasiones de cada cual, desde los pesares políticos y económicos de un país bailapenas donde nunca pasa nada, salvo el desconsuelo, y algún beso entre tardes.

Había verdades políticas que cantar, pero sin dejar de denunciar –Cristhian y Yolanda fueron testigos– que aquella mujer “tenía bellas piernas, a las que maldecían celosas las patas de la mesa de su despacho”.
Había nacido El Bulevar de la vida. Allí nos vemos.