Ese fotógrafo que soy


Honestamente, si nos vamos a llevar de la apreciación que hubiera tenido alguien acerca de mis aptitudes iniciales, yo nunca habría sido fotógrafo. Por ejemplo, cuando niño me imaginaba que, si uno estaba fotografiando a una muchacha y volteaba la cámara, ella saldría en la foto con la falda en la cara. Yo nací así, pero me formé viendo y tomando muchas fotos. En el fondo, el fotógrafo sabe que va a tener en su vida unas diez o veinte tomas buenísimas. Yo siempre decía: ¡Esa es!

La fotografía comenzó a interesarme en los años cincuenta porque estaba enamorado de una muchacha de Mao que era voleibolista, y quise sorprenderla para perpetuar su belleza. Como nadie me prestó una cámara, compré una y retraté tanto a esa joven que me fui perfeccionando. A tal punto me perfeccioné, que luego cambié de instrumento aunque no de modelo.

Me dediqué ya con más seriedad a la fotografía a mediados del siglo XX. Al recorrer mentalmente el tiempo transcurrido, observo que mi formación se debe principalmente a tres cosas: primero, los “descubrimientos” que fui haciendo en la técnica, los materiales y los equipos seleccionados para realizar mi labor; segundo, la educación, es decir, la integración de todos los conocimientos adquiridos, sean o no relacionados directamente con la fotografía; y tercero, una actitud mental siempre inquieta, siempre en búsqueda, siempre sensible.

Si comentamos la primera de esas fuentes, caeremos otra vez en la vieja expresión de que lo importante no es el cañón sino el hombre que está detrás. Es decir, más que tener buenas cámaras, hay que tener la educación necesaria. Cuando pienso en la técnica, recuerdo siempre a mi amiga lisa Stainer, fotógrafa argentina, a quien acompañé durante su estancia en Santo  Domingo, en 1971, cuando ella trabajaba para las revistas Time y Life. Cada vez que yo le salía con un tecnicismo, ella me contestaba: “Ay, APECO, deja eso, que la técnica es algo que se debe aprender y luego olvidar”. En efecto, la fotografía es un poco de técnica y mucho de inspiración.

Cuando una fotografía reproduce un hecho, una escena, esa reproducción posee un toque personal, el carácter interpretativo que le confiere el autor. La foto ante todo es la expresión de una idea, según la interpretación de las experiencias personales del autor, quien se manifiesta a su vez a través de la imagen. El fotógrafo debe contar siempre con el fantasma, esa dosis de cosas que cada uno de nosotros pone en la imagen observada y que no están representadas materialmente en ella. Ese fantasma reside en la emoción.

Experiencias he tenido de ser mal interpretado, incluso para mi propio bien. En el año 60 iba caminando por el barrio de Gonaive y me detuve ante una escena que mi experiencia visual me indicaba era muy interesante. Se trataba de un niño que jugaba sobre un piso de tierra. Vestía solamente un pedazo de cartón amarrado con una soguita. La puerta de la casa estaba abierta y tenía un letrero que decía: “Yo por Trujillo me vuelvo cenizas”. Después que copié la foto, al cabo del tiempo, la vio alguien que tenía fama de chivato y yo me quedé frío.

Pero el tipo dijo: “¡Qué maravilla! ¡Qué lealtad al Jefe!” Yo había intentado decir a través de la foto que aquella familia realmente estaba vuelta cenizas debido a la dictadura, pero ahí viene el asunto de la percepción. Si el chivato no pone su propio fantasma y solo hubiera captado lo que quise decir desde mi propia experiencia, quien hubiera resultado hecho cenizas hubiese sido yo.

Siempre he sido exigente conmigo mismo. Aunque me emociono en la creación de las imágenes o en las tareas técnicas de las tomas y del laboratorio, al final, muchas veces he pensado que alguna fotografía no merece llegar al público. A pesar de ello, algo siempre queda que pueda hoy recordar, como en aquel 1958, cuando tenía mi camarita de medio cuadro, la Universal Mercury II, con la que participé en el Salón de Otoño de la Dirección General de Bellas Artes, presentando dos fotos. Me sorprendí y me alegré cuando vi en la prensa que una de ellas había ganado.

Con la adquisición en 1962 y 1963 de una Mamiyaflex y de una Linhof Technika, me metí al profesionalismo de verdad. Confieso que la rutina de ese profesionalismo local me desvió del quehacer creativo, pero pude mandar algunas fotos y ganar algunos premios en los concursos de los Salones de Otoño, el concurso Ilford, y el de Los Derechos Humanos, en el que gané el premio Iberia, consistente en un viaje a España que, por cierto, no fui nunca a reclamar.

Soy perfeccionista en el enfoque y un técnico en el positivado. Me gusta poseer cámaras sofisticadas, entre las que cuento mi cámara favorita de antaño, la francesa Semflex, con su lente Berthiot. ¡Qué inolvidables tonos de grises! Mis mejores cámaras han sido: Linhof Kardan Color 4 x 5 y Linhof Technika 70, Arca, Hasselblad motorizada y Mamiya R. B. 67.

Es en cámaras en lo que más dinero he gastado. En realidad, poco me ha sobrado, pues contrariamente a lo que mucha gente pueda creer, la fotografía como medio de vida no me ha hecho rico. Y eso que a veces me pregunto si habrá alguien a quien no le haya tomado una foto en la ciudad de Santiago y en otras muchas ciudades del país porque siempre he sido bien acucioso y he trabajado para todas las clases sociales.

Pero no es por estas cosas que me siento un artista, sino por el contacto que hago al oprimir el botón disparador; contacto que hace mi yo con el universo; contacto entre mi ente individual y la naturaleza. Siento entonces que voy a expresar lo que media entre dos mundos, entre mi ego y mi entorno, lo que observa mi cámara oscura, que no es un simple ojo de vidrio, ni una reproducción de lo que la lente “ve”, sino una vivencia. La fotografía es un testimonio de nuestra identificación espiritual con el mundo.

El rostro humano siempre me ha subyugado y, pedanteando un poco, me considero retratista.Entiendo que el retrato es tan difícil como el paisaje. A la plástica facial le dedico mucha concentración. Mucho más que la atención que pueda poner en un trabajo comercial que no contenga el elemento humano. Todo retrato es el final de un proceso que depende de la interacción entre el fotógrafo y la persona fotografiada. El retrato, si es verdaderamente un retrato, debe reflejar la personalidad individual de cada quien.
En cuanto a la naturaleza, a veces consigo una visión diferente “quitándole” algo, pero también logro cosas cuando agrego un elemento nuevo e insospechado. Ante todo está el compromiso conmigo mismo porque la fotografía es libertad para expresar un sentir y el arte es transformación sutil de la cosa natural en cosa humana. La participación del artista en ese proceso es lo que hace inefable y sin medida la obra de arte. A fin de cuentas, la foto es más artística a medida que se va apartando de la forma cotidiana de ver las cosas. Para sobrevivir hay que reinventar.

Aunque practico fotografía experimental, al componer trato de mantenerme dentro de los cánones clásicos. Siempre busco el equilibrio dentro de un cosmos plástico y euclidiano. La fotografía artística no es solo un “detener el tiempo”, es también un trastrueque de los ingredientes formales que aporta la naturaleza, como si se tratara de una realidad falsa o incompleta. El arte de la fotografía consiste en hacer fotos admirables, aunque tengamos que modificar la naturaleza, que muchas veces no nos parece tan hermosa. Pero, a pesar de que los jurados, los críticos y otros profanos así lo piensen, la foto puede ser arte sin ser un objeto particularmente bello.

Búsqueda, elaboración, experimentación es lo que yo hago con la fotografía. Ansel Adams dice que una fotografía “se hace”, no “se toma”. Cuando hago una buena foto, la estoy elaborando mucho antes de producir el clic. la estoy pensando desde antes de poner la película en la cámara, pero tampoco esto es así en todos los casos. El mismo Adams tomó su gran foto, Orto de la luna, en tan breve tiempo que solo pudo aprovechar lo que llamaba Cartier-Bresson “el momento decisivo”.

No sé por qué siempre tengo la impresión de que todavía me falta aprender mucho, incluso mirar obras de los grandes maestros de la pintura. Puede que esto se deba a que la experiencia final de pintura y foto es un encuentro con la luz. Pero, después de tantos años en el oficio, recomiendo que cuando un fotógrafo llegue a la cúspide y se sienta reconocido, lo mejor que puede hacer es volver al principio, teniendo en cuenta siempre que la fotografía más extraordinaria aún no se ha tomado y que es precisamente a través de este criterio que el profesional en esta área puede ser siempre mejor. A fin de cuentas, una foto sirve para verte a ti mismo como eres ahora y como seremos mañana.

 

Este texto ha sido construido por José M. Fernández Pequeño a partir de numerosas entrevistas que Natalio Puras Penzo, APECO, concedió a lo largo de su carrera. Integra criterios suyos tomados de: Fotogrupo: “Nuestros fotógrafos, Natalio Puras APECO”, en Listín Diario, 15 de marzo de 1980, Santo Domingo, p. 16. Rosemery Lora: “APECO y el estilo fotográfico”, en el periódico La Información, 30 de abril de 1984, Santiago de los Caballeros, p. 5-A. Arleny Lantigua: “APECO: El poeta de la fotografía”, en Ventana, Listín Diario, 30 de agosto de 2008, Santo Domingo, p. 95-96. Elizabeth Toribio Fermín: “Una breve mirada a la fotografía dominicana”, en Ventana, Listín Diario, 24 de julio de 2005, Santo Domingo, p. 76-77. Yamira Taveras: “APECO: Fotografía, historia y vida en la ciudad de Santiago”, en Hoy, 27 de agosto de 2008, p. 26. Igualmente, se han tomado fragmentos de los muchos borradores manuscritos por APECO que forman parte del Fondo Natalio Puras Penzo de Fotografía Dominicana, conservado por propia voluntad del fotógrafo en el Centro León y puesto en valor por esta institución cultural en el año 2009. Esta singular colección puede ser consultada en:

http://www.centroleon.org.do/eMuseum/code/emuseum.asp?emu_action=collection&collection=88&collectionname=Fondo%20APECO¤trecord=1&moduleid=1